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Historia enferma de triste que nos pasaron en Antropología
En un viejo hospital de una ciudad muy pobre, se encontraban como pacientes desde hace mucho tiempo y en una misma habitación, un hombre mayor y un niño. La habitación era lúgubre y sombría, solamente había una ventana un poco alta y pequeña, por la que entraba un poco de luz. Ambos pacientes se encontraban graves de una enfermedad respiratoria. Ambos vivían su dolor de manera diferente, mientras el hombre era seco y poco amistoso, el niño era amistoso y alegre. Por la posición de las camas, el niño era el único que podía ver a través de la ventana.
Un día el niño, al ver la tristeza de su compañero, decidió preguntarle si quería que le contara lo que veía a través de la ventana. Aun cuando el hombre no le contestó, el chico decidió describir lo que él veía. Así cada día el niño le contaba cómo observaba el radiante sol de la mañana, cómo la gente se dirigía presurosa al mercado, o cómo los niños corrían hacia la plaza.
Cada día eran diferentes las historias que el niño compartía con detalle y alegría, intentando animar a su triste compañero, sin embargo, por cada historia y tras cada día, el hombre iba ganando en envidia, rabia y egoísmo.
El hombre pensaba “qué suerte tiene este mocoso: puede ver la calle, mirar las cosas que ocurren fuera de esta pocilga. No es justo, yo llegué primero, tengo más años, he hecho mejores cosas, me he sacrificado mucho, he sufrido tanto en esta vida y mis últimos momentos debo pasarlos en esta pocilga, mirando una sucia pared, mientras este niño disfruta del único entretenimiento que tenemos.
Una noche, muy de madrugada, le sobrevino al niño un ataque de asfixia y no podía respirar. El chico, intentando sobrevivir, trataba en la
oscuridad de encontrar la campanilla que servía para llamar al enfermero, pero no la encontraba. Su tez se tornaba lívida y las fuerzas se acababan. Abandonando la lucha miró hacia la cama de su compañero y vio que éste le miraba fijamente y en su mano sostenía aferrada a su pecho la campanilla. – “Ayúdame” le dijo el niño, “haz sonar la campanilla” le suplicó, pero el hombre no le respondió.
Al poco rato el niño murió y en la mañana, cuando quitaron el cadáver, el hombre pidió que le cambiaran al lugar en donde se encontraba el
niño. “Por fin podré ver a través de la ventana” se dijo y se acomodó, tal como hacía el niño, para empinar su cuello y observar hacia fuera.
Cuán grande fue su sorpresa al ver que a través de la ventana, lo único que podía verse era un muro de ladrillos.”
Recuerdo haberla leído cuando estaba en el San Ignacio de Loyola, pero ahora le tomo el peso a lo trágica que es :/.
































